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Relato: Soledad Inmortal

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Relato: Soledad Inmortal

Mensaje por sharigan001 el Vie Jul 30, 2010 5:19 pm

Hola gente, os dejo aquí un relato que he escrito para el libro de las fiestas de Verano de mi localidad, salvo que a vosotr@s os lo dejo en castellano y no en gallego como estaba originalmente.
Espero que os guste.

Soledad Inmortal

Lágrimas carmesíes brotan de mis ojos dejando una leve estela encarnada en mis pálidas mejillas, como siguiendo el curso de un río pobre en transportar el vital elemento que da la vida hasta caer al suelo. Mas, mis lágrimas no ensucian el suelo, sino la alfombra que lo cubre, la alfombra en cuestión que se encuentra el Salón de su casa.

Mi apesumbrado corazón alberga un dolor que ningún mortal puede imaginar en su corta vida. El dolor que siento es un suplicio que debo sufrir en solitario como penitencia a mi propia naturaleza, pese a que nunca fue algo que yo hubiera pedido, ni mucho menos, hubiese deseado jamás.

Tan llena de vida, tan vivaz, tan alegre, y… tan hermosa. Su belleza era tal que no tenía nada que envidiar a las diosas de la mitología griega. No era de extrañar que los chicos de su edad bebiesen tanto los vientos por ella, pues, eran tales sus virtudes, que anulaban cualquier defecto que ella pudiese tener, y eso si los tenía. Pero ahora, su cuerpo permanece inmóvil con sus flácidos brazos colgando en mi tierno, mas malditamente, mortal abrazo.

Maldigo la eternidad que tengo que vivir, maldigo la misma inmortalidad que me permite, o sería mejor decir, que me obliga a vivir esta maldita eternidad. Maldigo mi juventud eterna, maldigo también mi soledad inmortal, así como mi eterna tristeza. Siento un odio eterno contra mi también, eterna maldición. Una maldición que me convierte en un eterno no-muerto. Odio mi propia debilidad que por cuya causa no pude resistir mi propia naturaleza. Odio asimismo la, mil veces maldita, ansia que me domina siempre y que, como hoy, no siempre soy capaz de dominarla y de mantenerla a raya, y que me obliga a aislarme de los mortales más y más; y así lo había hecho, al menos hasta el día en que la conocí a ella…

Ocurrente, divertida, original, comprensiva y,…, bastante testaruda también. Recuerdo con tristeza su carácter desenfadado y rebelde. Había terminado el bachillerato en el Instituto de Boiro y acababa de venir de hacer Selectividad en la Capital de Galicia.

La había conocido a mediados del mes de Enero mientas paseaba por la calles boirenses acompañada por su pandilla de amigas. Yo solía aprovechas las largas horas nocturnas para dar largos paseos y poder meditar. Nuestro encuentro había sido puramente casual y fortuito. Una de sus amigas me había confundido por un conocido, pero se había quedado muy cortada al darse cuenta de su equivocación. Fue entonces cuando ELLA hizo un comentario tremendamente ingenioso y original. Un pude hacer otra cosa que sonreírle con sincera simpatía felicitándola por el oportuno e inteligente comentario con el que había “salvado” a su amiga. Entonces todas se fijaron mejor en mí. Alto, esbelto, y con una tez relativamente pálida, además de mi mirada por la que se quedaron todas fascinadas. Una mirada por la que un mortal se perdería de insondable y fascinante misterio que tuvo tentado a más de uno o de una a lo largo de toda la historia de la Humanidad cada vez que se encontraba con un vampiro. Los vampiros causamos esa fascinación en los mortales, de modo totalmente inconsciente, que se podían sentir atraídos por uno. ¡Demonios! Si fue así como también yo mismo fui convertido en esta criatura de la oscuridad que tenéis ante vosotros.

Pese a que había disculpado con ellas y seguí mi propio camino, intentando evitar que ninguna de ellas llegase a convertirse en mi próxima víctima. A los pocos días me reencontré con ELLA,… usando su nombre completo, Patricia Romina, aun que todas sus amistades la llamaban solo por el primer nombre. Yo había aprovechado un día en el que el cielo estaba encapotado con nubes tormentosas en la que el sol no podía hacerme daño y había decidido ir hasta la biblioteca de la Casa de la Cultura a leer algún libro. Ella se encontraba allí, realizando algún trabajo en solitario de… Sí, era para la asignatura de Historia, pues el trabajo trataba de la Guerra Civil Española. Me había hecho gracia pues yo la había vivido en primera persona, aun que de un modo bastante pasivo para no llamar la atención sobre mí de ninguno de los dos bandos. Ella se había quedado maravillad por mi erudición y entre esto y aquello comenzamos a romper el hielo, ya que no aparento mucha más edad que ella. Nos hicimos amigos y por el mes de marzo ya estábamos quedando para dar alguna vuelta por Boiro e íbamos juntos a algún bar, pub o discoteca. Estuvimos en el “Trillizos”, en el “Arena”, en el “Riazor”, en el “Utopía”, en la “Tonos”, etc. Entonces comenzamos a sentir algo más el uno por el otro; pese a mi temor inicial, comenzaba a abrigar la esperanza, o tal vez solo fue un estúpido deseo mío de que de esta vez poder abandonar mi larga vida de soledad, y hasta, tal vez, se obrase algún tipo de milagro que me devolviese al ser humano que un día, tiempo ha, fui una vez. Y, asimismo, quería creer, que ella se convertiría en el ancla a la que se aferraría mi humanidad, que ella sería la luz que iluminaría mi vida de tinieblas,… ¡Pobre estúpido iluso que fui!

Hoy había venido hasta la casa de ella para decirle que iba a estar fuera por motivos de trabajo durante unos días, claro, lo que no le contaba era que iba a “visitar” unos cuantos hospitales para aligerarlos de sus reservas de sangre. Como mucho también podía beber de gente de corazón realmente ruin. Ella se había acercado a mí y me había besado deseándome un pronto regreso a su lado, yo le había devuelto el beso rápido, para luego volver a besarnos nos verdadera pasión para quedar luego un buen rato abrazados… llegue a entreabrir un poco los ojo y me fijé en su cuello, sintiendo el palpitar de sus venas y de la sangre fluyendo tan vitalmente por ellas, un bocado exquisito para alguien, que como yo, fuera un vampiro. Acerqué mi boca muy despacio, hasta su cuello, primero le di un beso en él, a lo que ella se había reído debido a las cosquillas que le había hecho, pero yo había sentido el rojo manjar tras la piel, tan seductor, tan palpitante, tan lleno de vida y tan anhelante, que antes de darme cuenta siquiera de lo que estaba haciendo, el ansia del vampiro se apoderó de mi ser y, el instinto de la bestia, del monstruo de las tinieblas que habita dentro de mí, se hizo con el control de mi cuerpo. La así con fuerza y le clavé mis colmillos. Comencé a chuparle su sangre, tan fresca,…, sintiendo tal éxtasis de vitalidad que era como si no quisiese que acabase nunca. Sé con seguridad que solo transcurrieron unos pocos minutos; aunque cuando un vampiro se está alimentando, pueden pasar tanto, minutos, segundos como horas.

Cuando la consciencia de lo que estaba haciendo se abrió camino en mi mente, me aparté de ella completamente aterrorizado, rabioso y sintiendo un inmenso asco contra mí mismo. La miré a los ojos, esperando ver una mirada dolida y acusadora por la traición que había acabado de sufrir a mis manos, pero lo que encontré fue una mirada de confusión, lástima, compasión y dolor; o, al menos, eso fue hasta que el brillo de su mirada se fue apagando hasta extinguirse por completo. Tenía ella tantas ilusiones por la vida, tantos deseos que cumplir, tantas esperanzas puestas en tantas cosas, tantos sueños que realizar,… truncados, todo truncado por mi inconsciente y estúpida mano y por mi incontrolable ansia por la sangre de los vivos.

El sentimiento, o mejor dicho, los sentimientos que me abargaron fueron arrepentimiento, culpa, dolor, soledad, asco y más que nada odio, un odio inmenso. Odio contra mí mismo. Odio contra mi imprudencia por haberme acercado tanto a ella, odio contra mi maldición, odio contra el mismísimo Dios por permitir esto y, sobre todo, odio contra él. Él era el principal culpable de todo. Tras tantos siglos vagando en solitario tras haberlo dejado, su nombre regresó a mi mente, Julián, mi padre oscuro, el vampiro que me había convertido hacía ya tantos siglos, tanto tiempo. Maldiciendo mi existencia desde entonces, condenándome a esta eternidad de sangre, soledad y oscuridad.

Pese a que nunca quise hacerle daño a ninguna persona inocente, esto me fue imposible muchas veces pues, por desgracia para mucha gente buena, sangre es lo único que realmente necesito para poder sobrevivir. Además, aquel vampiro que no toma sangre, llega un momento en el que la ansia lo llega a dominar por completo y ataca a todo y a todos cuantos tenga delante.

Pensé en darle a ella también el beso oscuro, darle la oportunidad de vivir a mi lado. Le enseñaría todo cuanto pudiese necesitar saber sobre la inmortalidad, y solo bebería, tal y como yo lo llevo intentado hacer, de gente malvada y ruin, y solo estaríamos los dos juntos. No estaríamos condenados a una eternidad de soledad, pero… ¡No! No debo caer en esa tentación. No puedo traerla a este mundo de oscuridad, horror y muerte.

Con suavidad y con toda la ternura que mi negro corazón, lleno de angustia me permite, la acuesto en el sofá, le cierro los ojos y le doy mi último beso en la frente. Permanezco un poco tiempo a su lado y me marcho lejos de allí. Corro durante toda la noche hasta la Curota, por suerte no me encontré con nadie por el camino. Y desde lo alto de la cumbre más alta de la Sierra del Barbanza, desde lo más profundo de mi corazón grito con toda mi alma, a lo que muchos perros y lobos me responden con sus aullidos, e incluso muchos niños despiertan, sin saber por qué, llorando en medio de la noche.
Por eso atiende a mis palabras Julián, a diferencia de ti, yo no disfruto con segar la vida de nadie, no me siento superior por ser inmortal. Me siento maldito. Cambiaría encantado todos estos siglos de no-muerte por una vida normal en mi época cuando aún era mortal, pudiendo llegar a casarme, tener hijos y formar una familia. Por eso cuenta con mi odio eterno Julián, sé que llevas tiempo buscándome y voy dejar que me encuentres aquí en Boiro, el lugar en el que será nuestro último encuentro. Te voy hacer pagar todos tus crímenes, aún que me destruya a mí mismo en el proceso. Pero no me importa, pues así yo también pagaré por los míos, sobretodo, por este último. Las fiestas de verano de esta localidad empezarán dentro de poco, el lugar y momento ideal en el que tú disfrutas de tus asquerosas cacerías. Si puedo impediré que lleves a cabo ninguna de ellas, pero cuando nos volvamos a encontrar,… será tu fin. No me importa en absoluto los siglos que seas más antiguo que yo, porque esta vez, tu eres la presa y yo tu cazador. Pronto, tu existencia llegará a su fin. ¡Estás perdido!


sharigan001
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